31 de diciembre de 2016

De los blogs, del amor... y de que todo pasa


Hay muchas razones para empezar un blog y más aún para dejarlo. Cuando uno no recuerda bien los temas tratados e inadvertidamente repite una entrada ya publicada, quizá es un buen momento para ir pensando que el juego duró demasiado. También cuando el blog equivale a un libro de unas mil páginas y uno ve que demasiados blogs son vulgares o pedantes —entre ellos alguno de escritor famoso—. Pero, sobre todo, cuando uno ve que hay muchos excelentes.
La que señalo como primera razón acaba de sucederme. Mi divagación sobre la difusa relación entre ficción y realidad, una elucubración atractiva para muchos lectores que se preguntan de dónde extraen sus temas los literatos, me ha jugado esa mala pasada. Hablé de esto en una reciente entrada, con motivo de mi relato Viaje a Baviera, y ahora me doy cuenta de que ya lo había hecho hace unos dos años. Me exculpa algo el que, al consultar el catálogo de entradas previas —como hago siempre para evitar una posible repetición—, no encontré la palabra Baviera, porque el título de esa entrada previa era Realidad y fantasía en la literatura. Pido perdón. Y lo que me molesta es que tengo muchos temas esperando y he perdido tiempo. Entre ellos, desde mayo, algo que escribí sobre las Batuecas, tras un viaje a esa bella y desconocida parte de España.
Pero hay más cosas. Un viejo dicho francés reza: Tout passe, tout casse, tout lasse (todo pasa, todo se rompe, todo cansa), al que se han hecho añadidos más o menos felices: et tout se remplace o et tout s’efface o sauf la classe (y todo se reemplaza o y todo se borra o salvo la clase). Mi blog dura ya tres años y quizá es la hora de dejarlo quiescente. A pesar de ser tal vez la tarea literaria que resultó más cumplida: he tenido treinta mil lectores, siendo los más abundantes los españoles (33.2 % del total), seguidos de los estadounidenses (17.2 %) y los rusos (13 %).
Los empeños se agostan, perecen; pasa hasta con el amor. En un reciente artículo de Frontiers in Psychology, la conocida bióloga Helen E. Fisher, de la universidad de Rutgers, mantiene que las personas enamoradas muestran síntomas análogos a los que se presentan en las adicciones por drogas y conductuales: euforia, pulsiones intensas, dependencia física y emocional, etc. Para ella, el amor es una forma natural de adicción, no siempre positiva. El estudio del cerebro con técnicas de RNM lo confirma y muestra que en la persona enamorada se activan regiones cerebrales implicadas en el reward system (el sistema de gratificación), ricas en dopamina, como el área tegmental ventral y el núcleo caudado, tal como sucede en la adicción a drogas. Según Dietrich Klusmann, el NGF (nerve growth factor) también presenta niveles altos; así como la norepinafrina y testosterona, con niveles bajos de serotonina. Todo vuelve a la normalidad al cabo de un año. De esta ‘química del amor’ se habla desde hace ya muchos años y no explica el fenómeno total. Me gustaría seguir tratando esto, pero no puedo detenerme aquí.
Hay autores que distinguen tres fases en el proceso de formación de la pareja: en la primera la atracción sexual es dominante; en la segunda esta atracción se hace más selectiva y surge lo que podríamos llamar el amor romántico; en la tercera imperan los sentimientos de unión de la pareja. No siempre las fases van en ese orden. Se piensa que el amor romántico, que se desarrolló en los mamíferos hace unos cuatro millones de años, representa una gran ventaja para la estabilidad, al menos temporal, de la pareja y la cría conjunta de la prole. Se reveló un impulso mucho más fuerte que el sexual, argumenta Fisher. Si le pides a alguien que se vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión ni cometes suicidio, etc. Sin embargo, la gente puede sufrir terriblemente tras el rechazo en una relación romántica.
Obviamente estas fases pueden ser concebidas de otra manera, no son excluyentes entre sí y tampoco muestran siempre esta progresión fija. Pero parece haber una especie de built-in caducity (caducidad intrínseca) por la que el enamoramiento estricto no suele perdurar más de dos o tres años; biológicamente nuestro organismo no puede soportar mucho esa situación. Me gusta siempre recordar lo que contaba Unamuno: Al principio sólo tocar la pierna de mi mujer me excitaba, ahora es como si tocara la mía. Pero si tuvieran que amputársela, sería como si me la cortaran a mí. De todos esos cambios está hecho el amor. Yo suelo decir, resumiendo mucho: del sexo se pasa al cariño y de este quizá a la tranquila, casi inadvertida, felicidad de estar juntos.

25 de diciembre de 2016

Amores con final infeliz


En la reciente representación de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, al final tuve que agradecer al público su benevolencia. Como entre los asistentes había dos amigas mías —mi admirada cantautora Chili Valverde, que ha puesto música a más de treinta textos de Juan Ramón Jiménez y Carmen Hernández-Pinzón, sobrina del poeta y conocida estudiosa de su obra— quise incluir unas palabras sobre nuestro Premio Nobel. También sucede que la cuarta entrada más leída de mi blog, la del tres de marzo de 2014, trata de Margarita Gil Roësset, la escultora madrileña que con veinticuatro años se suicidó por amor a Juan Ramón.
Para llegar hasta este hecho luctuoso, empecé diciendo: “Han visto ustedes una obra de amor con final feliz; no siempre es así”, y cité lo que cuenta un personaje de la misma, doña Rosa, en una de las escenas: El amor no siempre nos hace felices, también nos puede hacer muy desgraciados. Siempre hay alguien que espera en vano. Siempre hay alguien que quiere a quien no le quiere. Y sufre, sufre tanto como con la más atroz de las desgracias. Como ejemplo de amor con final trágico, me referí después a la tristísima carta que Margarita dejó a Zenobia, la mujer del poeta, conservando la peculiar puntuación del original: Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa […] le he dicho … que le quiero… y le he pedido que se case conmigo…¡estaré loca!... pero como él… te quiere… ¡te quiere!... pues me ha dicho.., que no… que nunca… perdóname… porque si me hubiera dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada…y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… […] habría pasado por todo […] Creo mucho mejor matarme ya… que sin él no puedo… y con él no puedo.
Alguien ha llamado a Margarita la Camille Claudel española, aunque casi la única similitud entre ambas es que las dos fueron escultoras. Camille, hermana del poeta Paul Claudel, vivió un romance largo y apasionado con el escultor Augusto Rodin, que vivía con  Rose Beuret, una modistilla analfabeta, a la que conoció con veinticuatro años, con la que nunca apareció en sociedad y con la que se casó poco antes de morir, cuando ella tenía más de setenta años. Camille, bella, delicada y llena de talento, entró en el taller de Rodin con diecinueve años y enseguida surgió el amor o lo que sea. Parece ser que Rodin, de cuarenta y tres años, la poseyó por primera vez sobre el mismo suelo del taller, al pie de su hermosa obra Fugit amor (aunque en este caso, el amor más que huir llegó). Cómo se pueden conocer estos detalles íntimos, estas incomodidades, me pregunto siempre; es el estilo típico de los malos biógrafos y periodistas.
Cuando ya Camille era una escultora reconocida, amó simultáneamente a Claude Debussy, también casado, en una relación con poco porvenir. La desgracia sí la hermanó con la española. Camille empezó a tener crisis nerviosas que terminaron en una esquizofrenia. Al inaugurar una exposición, podía acabar destruyendo con un martillo sus propias obras hasta reducirlas a esquirlas, como hizo también Margarita con gran parte de sus esculturas antes de morir. Camille estuvo recluida en sanatorios psiquiátricos los treinta últimos años de su vida, sin que la visitara nadie de su familia, que atribuyó sus trastornos mentales a su vida desenfrenada, relación causal difícil de demostrar. Quizá los hubiera tenido aunque hubiera profesado como monja Bernarda.
Tanto si se logra el ansiado amor como si no, al final uno ha de estar de acuerdo con lo que escribió Stendhal: El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio. Quizá por eso mucha gente prefiere encontrar el amor en los relatos y novelas, en la literatura, en la ficción, que es menos peligroso. Antoine Hamilton, un escritor poco conocido hoy, que nació en 1645 en Escocia y emigró con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell, escribió sobre la literatura francesa de la época: Todos vuestros escritos en verso o en prosa son relatos de amor; casi todos vuestros poemas, elegías, églogas, idilios, canciones, epístolas, comedias, tragedias, óperas son relatos de amor. Tenéis los relatos de amor como única alimentación y no os cansáis de ellos jamás. Era verdad entonces y quizá siempre.

20 de diciembre de 2016

Del alcalde de Alcorcón y los mitos griegos


Este blog no se preocupa mucho por la actualidad; le dedico hoy una entrada por el azar de estar en la calle por la que pasaba una manifestación y haber oído claramente la conversación entre algunas de las mujeres que participaban. Una de ellas, grande y sólida, muy rotunda en su físico y en sus afirmaciones, decía a sus acompañantes:
— Os digo que el alcalde expresó un juicio universal, afirmativo, categórico y apodíctico, que una sabe de qué habla.
— Pues yo creo que no lo dijo de todas, intervino otra señora, sino que matizó con un “a veces”. O sea, que el juicio era particular y contingente.
— Déjate de florituras, replicó la mujerona; el alcalde dijo claramente que todas las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas.
— De todos modos, añadió una tercera mujer más joven, conviene diferenciar si el juicio era determinativo, atributivo o limitativo.
— Tú mejor cállate, contestó enfadada la que se atribuía el papel de jefa. A ti te gustan demasiado los hombres y te dejas tumbar al primer envite; que te conocemos.
Esta charla me llamó la atención por el alto tono intelectual, tan frecuente en las movilizaciones callejeras, trufado con rasgos caracteriales típicos de nuestro pueblo. Supe luego que el  alcalde de Alcorcón había criticado a las feministas en estos términos, aunque dijo “a veces” y no se refirió a todas. Con esta restricción, sus palabras pueden aplicarse a ese movimiento, a juezas, maestras, abogadas, etc. Y lo que parece excesivo es que se pretenda descabalgar sólo por un comentario quizá imprudente a alguien que ocupa un cargo público ganado de manera rigurosamente democrática.
En realidad, este alcalde resume y epitomiza, sin poder evitarlo, tradiciones seminales de nuestra cultura clásica occidental. En Las Euménides, de Esquilo, Apolo se dirige al Corifeo: La madre no es la engendradora del que se llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado. El que engendra es el hombre. Y también Paris recomienda a Helena: Calla, oh mujer, hablar de guerra no es asunto tuyo. Limítate a cumplir el papel que te ha asignado la naturaleza, que es, en definitiva, el de yacer a mi lado. Los griegos pensaban y hablaban así de sus mujeres. Para ellos, el terror y la desgracia, tenían casi siempre rostro femenino: Harpías, Grayas, Moiras, Erinnias, Telquinas, Gorgonas y tantas más. Las Empusas, hijas de Hécate, eran demonios con apariencia de mujer y nalgas de burro, que ocultaban bajo sus faldas. Se colocaban en los cruces de caminos y atraían a los viandantes mostrándoles sus senos; después les mordían en el cuello y les chupaban la sangre hasta dejarlos a la puerta de la muerte.
Lamia, hija de Belos y Libia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos, pero Hera, la esposa del dios, los fue matando a todos. Como venganza, Lamia salía por las noches y asesinaba a niños ajenos. Para que su aspecto resultara más horrible e inquietante, Zeus le otorgó la facultad de quitarse y ponerse los ojos de las órbitas a su antojo. Mientras dormía, los aislados ojos montaban guardia, expectantes. Peor era lo de las Grayas, monstruos con rostro de mujer, hermanas de las Gorgonas. Nacieron viejas y tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se turnaban en su uso.
Las Erinnias eran también tres, con rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra: Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza). Refiriéndonos a humanos, las mujeres de la isla de Lemnos mataron a sus maridos y vivían solas. Cuando llegaron los Argonautas, en busca del vellocino de oro, pensaron que convendría ser fecundadas y se les ofrecieron. A nadie le amarga un  dulce: tocaron a catorce hembras por cabeza, o lo que sea, y zanjaron el asunto en siete días y siete noches. No un récord, pienso yo, sin nada más que hacer.
Atalanta era mujer y podría considerarse como precursora del feminismo. Mató a dos centauros que intentaron violarla y los castró; su historia se parece un tanto a la de Turandot. Las Moiras eran también mujeres: Cloto, hila y produce hebras, Láquesis, mide el estambre y Átropos lo corta con sus tijeras. Aquiles, cuando murió su amigo Patroclo, fue displicente y conminatorio con las mujeres: Oh, mujeres, en vez de arrancaros inútilmente los cabellos, lavad el cuerpo de mi pobre amigo, bañad de aceite sus martirizadas carnes, etc. Ate, diosa del error, camina sobre la cabeza de los hombres con pasos ligeros y los induce a equivocarse sin que ellos se percaten.
En casi todas las culturas hay amazonas. Una de sus reinas, Antianara, pensaba que el hombre cojo es más hábil en los juegos amorosos, ya que la energía del miembro que falta se dirige al pene. Otra reina, Pentesilea, era tan bella que todos los hombres intentaban violarla, por lo que iba siempre vestida, incluso en verano, con una armadura de bronce. Según una versión, Aquiles la venció y mató y la gozó después de muerta. Heinrich von Kleist, un poeta romántico alemán, escribió un drama, Pentesilea, en el que es ella la que derrota a Aquiles y lo devora en un exceso de entusiasmo erótico.
Lector, podría seguir hasta aburrirte. Pero había también varones nefastos y hembras bienhechoras en la mitología griega. Todo es una broma mía; escribo así porque me irrita que una frase poco feliz de un alcalde desencadene este embrollo para quitarle el cargo. Por eso he querido emparentarlo con famosos antecedentes helenos.

15 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (final)


He contado ya algo ‘imaginado’ en las tres entradas anteriores: el relato de un extraño viaje en Baviera —en realidad, es un relato sobre otro relato; lo escrito por un sobrino sobre algo que había publicado su tío—. Ahora resumiré brevemente lo ‘vivido’, los acontecimientos reales que, en cierto modo, dieron lugar al relato; obviamente, la relación es muy laxa y nada directa. En su génesis, influyeron más mis lecturas que ninguna vivencia biográfica. Es lo que suele suceder en mi caso.
Hace unos años, recorríamos mi mujer y yo Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ocupada ahora por los salesianos. La abadía fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, pocos años después, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, una colección de cantos de los siglos XII y XIII, escritos casi todos en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.
Nos dirigíamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. Me perdí y llegué a una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros, lo que me pareció muy raro. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.
La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas, que asistían a misa. La iglesia era una de tantas en el estilo de la zona, barroca y con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote bajó del altar, se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo, un libro. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.
Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando por supuesto el usted, por haberla confundido con otra. Contó que estaban conmemorando las bodas de oro de unos amigos. Nos despedimos y proseguimos el viaje —había que seguir—, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. En Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados de la región, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, aquella pequeña y perdida iglesia bávara.
Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo que trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 
 

11 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (3 de 3)


En efecto, aunque mi tío siempre fue un hombre peculiar, desde entonces parecía vivir en otro mundo. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir a la calle. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto ahora en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació no se sabe si en Guadalajara o León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.
Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que reconozco perfectamente. En un párrafo escribió:
 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo que me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística del antiguo Israel, la de los cuatro sabios que vieron en vida el Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la Luz Brillante del Ha-Shem, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesárea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también he podido regresar, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir mi experiencia para poder explicármela.
He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que, por razones que era incapaz de comprender, se le había permitido conocer alguna forma de Paraíso en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual, buscando un monasterio que no existe, ni existió nunca. ¿Lo contó veladamente, en la revista local, y no quiso decir más entonces? ¿Estuvo allí en realidad? ¿O quizá lo imaginó, conjeturó que había tenido realmente una visión del paraíso? Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió añorando y dando vueltas a esa visión que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya a la realidad.
La otra posibilidad: que todo fuera pura ficción, desde el principio; una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó y lo fue poseyendo, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?
No lo sé, el mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, Samson Wright’s Applied Physiology, había una cita con palabras del rabí Akiva ben Yosef a un discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó el nombre del autor en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esa caprichosa reaparición en mi vida también me turba, porque quizá pudiera tener algún sentido, que yo no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y también me pierdo en divagaciones extravagantes y quizá fútiles y me inquieta el redescubrimiento, el retorno inesperado, de este taná, este sabio rabínico, que vivió a finales del siglo I y principios del II de la Era Cristiana. Fue capturado por los romanos y torturado hasta la muerte en el año 135. Su vida y su obra me han interesado y quiero conocer mejor su obra. Me he empeñado también en descubrir hasta dónde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.

7 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (2 de 3)

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio, que estaba cerrado. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta, que daba entrada a un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria, como la que toca Anton Karas en la película El tercer hombre, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.
Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta de la habitual, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que llegaba hasta nosotros y nos aislaba del mundo y, junto con la música, nos hacía como flotar en un estado de calma y felicidad imposible de describir. Por desgracia, era absolutamente forzoso seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.
Lo que ha ocurrido después, vuelto ya a España, es de todo punto incomprensible. He indagado en las más completas enciclopedias la existencia de un monasterio en la zona y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias con mis datos.
La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa en la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado en mi viaje—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio señalado con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Di los nombres de estos pueblos y me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en esa zona concreta; tampoco figuraban esos dos pueblos ni nadie los conocía. Pensaron que yo estaba equivocado y quedaron en enviarme el mapa por correo.
Hace una semana me llegó, idéntico al que utilicé, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte —no existen— ni el monasterio ni los dos pueblos que atravesé. Empecé a pensar que quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.
También me llegaron las fotos del viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me recaban información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugería una exposición a una rara luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz de gelatina en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. La cinta era tan frágil y quebradiza en ese tramo que se rompía al tocarla y tuvieron que suprimirla. Me cuentan que no han visto nunca algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar y con qué luz utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en esa especie de monasterio fantasma; faltan todas esas fotos, no hay ninguna. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación dañada, ni con la aparente e insólita desaparición del lugar.

Este relato de mi tío me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una probable ficción, nacida de la imaginación de un escritor, se daba la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, mi tío empezó a tener un comportamiento extraño, una actitud diferente frente a la vida y el mundo.
(continuará) 

3 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (1 de 3)

Amigo lector, muchas veces la gente se pregunta algo intrigada de dónde sacamos los escritores de ficción las tramas, los asuntos de nuestros relatos. Yo creo que en la mayoría de los casos surgen sin más o incluso de manera algo forzada, respondiendo a una búsqueda intencionada por parte del escritor, que se estruja el magín. En ocasiones, sin embargo, sí puede haber algún suceso o evocación que espolee el proceso creativo. Un cuento mío responde a esta circunstancia y me ha parecido interesante exponer primero el relato y después el evento que influyó en su nacimiento. Ahí va la narración, lo imaginado y escrito. Después contaré el hecho real y hasta podré, espero, mostrar un vídeo. Como otras veces, divido la narración en fragmentos. Si a alguien no le gusta el procedimiento, sólo tiene que esperar al tercero y último y leerlos de un tirón.

DE LO IMAGINADO Y LO VIVIDO

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su ciudad andaluza, venía a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que iba a veces a su casa, en donde estoy precisamente ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.
Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, porque se encontraba bien a pesar de sus setenta y ocho años, me entristeció mucho. Vine entonces una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que volver para hacerme cargo de la casa, ya que me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su bien nutrida biblioteca.
He vuelto a leer un relato suyo, Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos dieciocho años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998:
VIAJE A BAVIERA

¡Oh, gentes de Al-Andalus... el paraíso sólo está en vuestra tierra! 
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón de color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado como en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.
Llevaba tiempo sin venir por esta tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener conocimiento de su lengua, gracias a que mi madre se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, una de las pocas extranjeras que vivían entonces en Úbeda, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de sus hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Nosotros, eso sí, hablamos todos a la vez y aquí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Aunque luego las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones sean igual de ruidosas o más que en España.
Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera del coche había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, indicado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, sin nombre, situado cerca de una ciudad llamada Bad Tölz. No había venido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, cuyos nombres recuerdo perfectamente, decidí visitarlo.

(continuará)

29 de noviembre de 2016

Resaca tras los momentos felices


Amigos lectores, perdonadme que hoy hable más explícitamente de mí —siempre que se escribe, de algún modo se habla de uno mismo—, de aconteceres más personales. El pasado día 25, viernes, se presentó, como audioteatro, mi obra Don Juan de Bergerac, en la recoleta biblioteca del Retiro de Madrid. Era una muy bella tarde de otoño, levemente incómoda por la lluvia y el frío. Muy soportable todo, por nuestro benigno clima, aunque quizá no tanto para algunas personas mayores, las personas de más edad.
La sala se llenó, a pesar de mi correo en el que rogaba a los más mayores que se quedaran en casa, recomendación que no todos siguieron (podría yo pasar al Guinness por ser el primer presentador de un evento que en la convocatoria recomienda la no asistencia). La tarde transcurrió sosegada y plácida y creo que la obra gustó y la interpretación de los actores también. Una vez que pasó todo, arrollado y destruido por el imparable caminar del tiempo, me asaltó de nuevo un viejo conocido, un sentimiento agridulce, que me suele acompañar en ocasiones así.
Leslie Alan Murray, gran poeta australiano nacido en 1938, escribió: “Y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. En mi caso no había ningún triunfo, pero pienso que, para las personas sensibles, en cualquier situación venturosa y alegre siempre queda un rincón de insatisfacción y nostalgia, de recuerdos y sueños melancólicos, que sólo los más simples logran borrar del todo. Se percibe la fugacidad de los momentos gozosos, se anticipa la pronta huida de la felicidad y el éxtasis. La vida se cobra fatalmente su tributo de desesperanza, porque constatamos que al final, irremediablemente, todo está tocado de banalidad, de evanescencia.
Para mí, ¡todo fue tan espléndido! Ver a tantos amigos que quisieron compartir el día conmigo y verlos felices juntos, disfrutando de la reunión y del ambiente. Amigos de Madrid que por desgracia no nos encontramos tan a menudo; alguien de mi pueblo que no veía en casi sesenta años; un colega, que se había excusado por una operación de cataratas y de repente apareció allí, intervenido el día anterior. Gentes que ven o se mueven con dificultad, que salen poco ya de casa por la noche, y que se esforzaron por venir. Gentes para las que la amistad cuenta mucho, que han hecho de la camaradería un compromiso, un deber sagrado.
No todos eran mayores, claro. Había hasta hijos de amigos míos, a los que conozco desde que eran niños. En el bello prólogo de Los intereses creados —tuve la fortuna de oírselo a Manuel Dicenta y eso ya no se olvida jamás—, se dice: “Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo”. En mi auditorio había catedráticos, académicos, presidentes de sociedades científicas y cívicas, alguna cantautora, expertos en poetas españoles, un arquitecto y dibujante brillante, que ilustró la contraportada de mi libro El secuestro del sabio, escritores, etc. Y nadie bobo, aunque sí gente más sencilla, unidos todos por su amistad y su benevolencia hacia mi persona.
No quiero hoy hacer literatura, sólo quiero expresar mis sentimientos. Es difícil, es imposible, no estar agradecido; no pensar que, gracias a ellos, pude gozar un momento mágico, quizá irrepetible. Cuando uno presenta un libro, el libro queda y se puede leer siempre. Una obra de teatro, y en eso reside buena parte de su magia, es algo distinto: nace para morir inmediatamente, como esos insectos del orden Ephemeroptera, de nombre efímeras o efémeras, que viven, como indica su nombre, muy poco, apenas un día; en ocasiones menos de una hora, como la Dolania americana.
Yo he escrito muy poco teatro: este Don Juan y una pieza corta, que compuse con poco más de veinte años, de cuyo texto, con versos de Alberti —algo que no era enteramente inocente en la época—, he perdido el rastro, aunque conservo el programa impreso. Eran dos intérpretes, uno de ellos fue luego un político muy conocido, que murió relativamente joven: Gabriel Cisneros (Gabi entre nosotros, los amigos). ¡Quién nos iba a decir entonces! Las Moiras nos eran totalmente ajenas, Átropos tenía bien escondidas sus terribles tijeras; ahora están más presentes. Os dejo unas fotos; en una de ellas estoy con una personificación del Antruejo, el bullicio, el Carnaval. Se abrazó a mí de joven y desde entonces no me ha dejado.
Gracias a todos; sabéis que escribo por y para vosotros.



Cincuenta y cinco años más tarde, en los mismos empeños.



26 de noviembre de 2016

Cuando es imposible determinar la justicia


En mi entrada del 19/11/2016 hablaba de la justicia y apuntaba que en algunos casos era imposible establecerla. Mencioné una vieja preocupación de los jugadores, ya en la época del Renacimiento: distribuir equitativamente las cantidades apostadas en el caso de que, por cualquier razón, se interrumpiera el juego, sin posible continuación. La indagación de este problema fue uno de los pilares sobre los que se empezó a cimentar la teoría de la probabilidad.
En el caso concreto que expuse —el de un juego de pelota a seis partidas que se suspende cuando el jugador A lleva ganadas cinco y B tres— ofrecí tres dictámenes distintos sobre la equidad en el reparto de lo apostado: Pacioli dice que, del total, cinco partes deberían ser para A y tres para B; Fontana piensa que cuatro partes para A y dos para B; Pascal y Fermat opinan que lo justo es siete partes para A y una para B. Los resultados son tan dispares, que he pensado que merece la pena elucubrar un poco sobre ellos. Adelanto, además, que ninguno es correcto, lo que hace del caso uno de aquellos en los que es imposible alcanzar la justicia con la razón. Recuerdo al lector que se trata de un juego de pelota, no de dados, no de azar.
Pacioli asume, en realidad, que el resultado final del juego, si se completara la partida hasta los seis juegos, reflejaría una situación análoga a la existente en el momento de la interrupción; por lo tanto el reparto ha de ajustarse a la razón de cinco a tres. Esto no tiene por qué ser así, ni jugando con dados, ni, menos aún, en un juego de pelota. La solución de Fontana implica, de manera implícita, que, si se llegara al final, A ganaría su sexta partida y el resultado definitivo sería 6 a 3, y así debe dividirse lo apostado (6/3 es igual a 4/2). Pascal y Fermat son más científicos, la teoría de probabilidad ha nacido ya, y su criterio,  repartir en razón 7 a 1, tan diferente de los otros, es el resultado de la aplicación de dicha teoría. En efecto, para que gane B, tendría que ganar las tres partidas que le quedan sin perder ninguna. La probabilidad de este suceso, que es un producto de tres sucesos, es 1/2 x 1/2 x 1/2 = 1/8, lo que da para el suceso contrario una probabilidad de 7/8. Por ello el reparto justo sería de siete partes para A y sólo una para B.
Ahora bien, como apunté en mi anterior entrada, esto es verdad sólo asumiendo que el ganar A y el ganar B son equiprobables, siendo la probabilidad de cada suceso 1/2, ya que sólo hay dos posibles en cada partida. Pero también se podría pensar que la probabilidad de que gane A es 5/8 y la de B 3/8, según el tanteo en la interrupción; esta sería una asunción razonable. Y no olvidemos que se trata de un juego de pelota, en el que tales reglas no son aplicables y el jugador B puede perfectamente rehacerse y acabar ganando al jugador A por seis a cinco.
Traslademos esto a un partido de fútbol. Al terminar el primer tiempo el equipo A gana al B por cinco goles a tres y se suspende el partido. Lector, no hay manera alguna de predecir racionalmente el resultado final y sólo queda una solución: jugar hasta el final. Eso es lo que se hace, con muy buen criterio, en las competiciones reales: seguir jugando, con el equipo B haciendo quizá algún cambio en jugadores o táctica, para meter más goles que el contrario en la segunda parte. Eso es todo, lo de ser entrenador es de verdad muy fácil.  Y no hay manera alguna, en un juego de pelota, en cualquier juego que no sea de puro azar, de anticipar el resultado final y repartir las apuestas con justicia. Sí se puede hacer en los juegos de azar, con las pertinentes y verificables asunciones.

22 de noviembre de 2016

Mi obra de teatro 'Don Juan de Bergerac'


Amigos lectores, para los residentes en Madrid, tengo el gusto de anunciaros la lectura teatralizada de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, que se hará, en formato de acto continuo, el próximo 25 de noviembre, viernes, a las 19.00 horas, en la Biblioteca del Retiro, dentro del propio parque (donde estuvo la antigua Casa de Fieras). La entrada, gratuita hasta completar aforo, es por la puerta de Menéndez Pelayo, frente a Sáinz de Baranda. Copio las páginas interiores del programa en las que hago un elogio encendido, y muy sentido, de la palabra.

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Respetable público, queridos amigos:

Os propongo, mientras estéis en esta sala, olvidar las prisas y el torbellino de fuera y escapar de la realidad. Os van a contar una ficción, con personajes hostigados y trabajados por el amor, atolondrados, temerosos y tiernos, que nada en el mundo es tan invariable y permanente como esa bendita locura de amar. No hay nada en esta imaginación mía que no pueda ser real, porque el mundo es vasto y ubérrimo, y está lleno de horizontes y de caminos aún sin hollar, a pesar de lo avanzado de los tiempos.
Para poder escapar, tenéis que dejaros arrebatar por las palabras. Las palabras son todo. La palabra es más cegadora que la luz, más veloz que el viento, más certera y mortífera que la flecha, más engañosa y complicada que cualquier laberinto imaginable. Uno se pregunta, ¿cómo es posible que ese poco de aire estremecido, esos pocos sonidos que se hilvanan en un instante para dejar de existir enseguida, tengan tanta fuerza, tanto poder? Leemos en Álvaro Cunqueiro: “¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios? — De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas y comienzas a hablar”.
Pablo Neruda cantó de los conquistadores españoles:Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras”. Valle-Inclán las declaró mortales: “Las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente, igual que la tarde”.
Os resumo un bello relato de juventud de Goethe: Una hermosa serpiente verde tragó unas monedas de oro y se fue haciendo luminosa y transparente. La serpiente entró en una cueva y allí, en una hornacina, estaba la estatua en oro puro de un rey venerable. El rey habló y le preguntó: ¿De dónde vienes? De la sima donde habita el oro, contestó la serpiente —se sabe desde siempre que las serpientes hablan y pueden ser muy convincentes—. ¿Qué es más precioso que el oro?, preguntó el rey. La luz, respondió la serpiente. ¿Qué es más bello que la luz?, preguntó aquél. La palabra, respondió la serpiente.
Entreverados con las palabras andan los sueños, todos complicados, hermosos y sutiles. Chuang-Tzu, filósofo chino, soñó un día que era una mariposa y fue feliz, batiendo sus hermosas alas, disfrutando el capricho y la libertad de los vuelos, sin recordar nada de su naturaleza de hombre. Hasta que despertó y comprobó que era Chuang-Tzu. Y ya nunca supo, si era un hombre que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que soñaba que era un hombre.
Samuel Taylor Coleridge imaginó un avatar que se ha hecho famoso: Si un hombre llegara al Paraíso en un sueño y le dieran una flor, como prueba de que había estado allí, y al despertar encontrara esa flor en su mano..., entonces, ¿todo sería un sueño o sería una realidad?
Con palabras y sueños —y atento al vuelo raudo del tiempo, tan implacable en mi relato como en nuestras vidas— he tejido mi historia. Confieso que no estoy seguro de haber manejado, a mi capricho y con absoluta potestad, a los personajes que iba imaginando, que pronto empezaron a vivir con propio discernimiento y voluntad, imponiendo sus criterios y sus deseos. Eso me los ha hecho más reales, más queridos. Es ya la última razón por la que escribo: para refugiarme en unos personajes singulares y libres, a los que llego a amar sinceramente. Ellos me dan la ilusión de que la vida no es tan ramplona como parece a veces.
Y ahora, silencio, por favor, va a comenzar la función.
           El autor

19 de noviembre de 2016

Sobre la elusiva, difícil o imposible justicia


La justicia perfecta quizá nunca sea alcanzable entre los hombres. No siempre pensé así. Hace apenas unos sesenta años, antes de que naufragaran bastantes de mis ilusiones y esperanzas respecto a la realidad, escribí: Es joven el que cree que en el mundo aletea, más o menos recóndita, la justicia; era yo entonces ingenuo y optimista. Pero aun hoy, sigo pensando que la mayoría de los seres humanos siente el anhelo, la necesidad de justicia.
Mis lecturas pueden enmarañarse y desembocar a veces en temas singulares. El de la entrada de hoy surgió leyendo algo de Ortega, que me remitió al granadino Jerónimo de Barrionuevo de Peralta, poeta, dramaturgo y gacetillero del siglo XVII. Estudió en Alcalá y Salamanca y tuvo una juventud turbulenta; después se sosegó y ya en 1622 era tesorero en la catedral de Sigüenza. Compuso casi mil poemas de muy variados estilos y contenido, y hasta cinco comedias. Vivió luego en Madrid, desde donde escribió cartas al Deán de Zaragoza, conservadas en el manuscrito 2397 de la Biblioteca Nacional, en las que da información valiosa sobre los usos y costumbres de la villa, sus fiestas, celebraciones y supersticiones. Fueron impresas en 1892 por A. Paz y Melia, como Avisos de Jerónimo Barrionuevo (1654-1658) y hay ediciones posteriores. Allí encontré lo que contaré al final; ahora me permitiré un breve exordio sobre el ansia, la inquietud humana por la justicia.
Fra Luca Pacioli, nacido en 1445, enseñó matemáticas en diversas ciudades de Italia, hasta llegar a Milán, a la corte de Ludovico Sforza el Moro, donde coincidió con Leonardo da Vinci, ilustrador de su De divina proportione (Venecia, 1509). Pero el libro más importante del fraile fue la Summa de Arithmetica, Geometria, Proportioni e proportionalitá, publicado en Venecia, en 1494 y muy estudiado en toda Italia. En dicho libro, se recoge un problema del reparto justo de las apuestas, en caso de interrupción del juego, que había obsesionado a generaciones enteras. Esta indagación y el de la equidad de cualquier apuesta, fueron los dos pilares sobre los que se levantó buena parte de la moderna teoría de la probabilidad.
El caso de Pacioli es: Dos jugadores, A y B, juegan a la pelota y apuestan sobre quién será el ganador en seis juegos. Un imprevisto obliga a interrumpir la partida, cuando A gana cinco juegos y B tres. ¿Cómo se ha de dividir la cantidad apostada, para hacerlo en justicia? Pacioli dice que en 5 y 3 partes del total, como los juegos que han ganado los contendientes. Niccolo Fontana, el Tartaglia, más de medio siglo más tarde, en su Trattato di numeri et misure, publicado de 1556 a 1560, sugiere que, puesto que para ganar hacen falta seis juegos y A lleva a B una ventaja de dos (la tercera parte) es justo que, además de su apuesta, se lleve la tercera parte de la de B; o sea, cuatro partes para A y dos partes para B. Transcurrieron casi cien años hasta que Pascal y Fermat, llegaron a la solución ‘correcta’ de repartir en razón de 7 a 1. Para ello, consideran todas las alternativas posibles, si no hubiera suspensión y se continuara el juego; o sea, la posibilidad de que A gane el juego que le falta, frente a la de que B gane tres juegos seguidos. Deducen así el reparto justo de lo apostado. Esto es sólo correcto, lector, asumiendo la equiprobabilidad de ganar cada juego para los dos jugadores.
Resumo ahora lo leído en Barrionuevo. Cuenta este que prendieron a un hombre que abofeteaba a una mujer y los dos fueron llevados a la cárcel. El hombre se explicó: Señores, soy casado, con seis hijos. Salí desesperado de casa, por no poderlos sustentar, y esta mujer me llamó y me ofreció un doblón de á cuatro si condescendía con ella y la despicaba (desahogar, satisfacer, DRAE); un escudo de oro el precio de cada ofensa a Dios. Gané tres, desmayando al cuarto de flaqueza y hambre. Quísome quitar el doblón y no pudo, y á las voces llegó este alguacil que está presente, y tuvo mejores manos para hacerlo. Suplico á V. S. diga ahora ella si esto es verdad ó mentira. La cual allí en público dijo ser todo así, y visto por la Sala, in continenti la hicieron volver el doblón de á cuatro al hombre, al que le echaron libre y sin costas la puerta afuera; y á ella la mandaron tornar a su encierro para quitarla el rijo con algunos días de pan y agua.
Analizar la equidad y justicia de esta resolución es más fácil que en el caso del juego. No se habla del tiempo concedido al varón para su tarea, pero se entiende que fue breve, que el hombre tendría urgencia en volver a su casa y dar de comer a la prole. Se entiende también que la dama no sería una beldad, al tener que recurrir al pago por el encargo; aunque sí honrada, que se ratificó en lo acordado con el caballero. Considerando que tres desfogues parecen suficientes y no tan distantes de los cuatro apalabrados, juzgo pertinente la decisión de los jueces. Eso, sin contar que la calidad cuenta muchas veces más que la cantidad. De la calidad no se habla, aunque se supone buena por solicitar la mujer con vehemencia la cuarta función. En fin, la sentencia me parece imparcial y justa.

12 de noviembre de 2016

El cuadrado SATOR


Dije en mi entrada anterior que pretendía hablar de los criptogramas de letras o literales, que no son tan abundantes como los numéricos y no tienen la riqueza y variedad de propiedades de estos —el más conocido quizá es el llamado cuadrado Sator, que muestro al final—. Ambos tipos tienen cierta relación con los palíndromos. Se conoce como palíndromo a un conjunto de letras o números que se leen lo mismo hacia adelante que hacia atrás. En el caso de números, tales cifras son llamadas capicúas. De los de letras, quizá el más conocido es el de Dábale arroz a la zorra el abad, con la variante menos popular de Adán dábale arroz a la zorra; el abad, nada.
Diferentes, aunque parecidos son los anagramas, en los que parejas de palabras tienen las mismas letras en diferente orden, como norte y tenor, o losa y olas. La primera pareja cumple un requisito que no cumple la segunda, si se consideran las sílabas: forman la misma palabra. Todos estos juegos representan diversas maneras de las muchas que existen para perder el tiempo. Pero tienen historia y se les ha supuesto en ocasiones poderes mágicos, por lo que las consideramos aquí.
El cuadrado Sator, considerado en conjunto, completo, es un palíndromo; no lo es si miramos las filas o columnas aisladamente. Si se empieza en el ángulo superior izquierda y se leen sucesivamente las filas, resulta: Sator arepo tenet opera rotas. Lo mismo ocurre si se leen las columnas. Y también, si se comienza en el ángulo inferior derecho y se leen las filas (hacia la izquierda) y las columnas ( hacia arriba).
¿Y qué?, puede que te preguntes, lector, con toda razón. Pues no mucho, la verdad. Son palabras latinas, excepto arepo, que no existe en dicha lengua, cuya traducción es complicada, confusa y banal: El sembrador Arepo mantiene diestramente las ruedas, con lo que quizá se aludiría a una probable tarea agrícola. Y sin embargo, y aquí reside el atractivo de todos los esoterismos, especialmente para ciertas mentes, algunos pretenden que el cuadrado esconde el secreto hermético de la cuadratura del círculo. Nada menos.
El cuadrado se ha descubierto en muchos sitios arqueológicos de Europa: en ruinas romanas de Inglaterra, en una de las paredes de la catedral de Siena, en Rochemaure (Francia), etc.; incluso, leo, en Santiago de Compostela. El más antiguo fue encontrado en las excavaciones de Pompeya, en 1925, esculpido en una columna de un gimnasio. Dado que se presenta en bastantes iglesias de la época medieval, e identificando al sembrador como el Creador, también se le ha dado una significación cristiana, con el sentido de: El Creador, autor de todas las cosas, mantiene con destreza sus propias obras. De hecho, con las veinticinco letras que lo forman (5x5), se puede formar una cruz con las palabras PATERNOSTER cruzándose perpendicularmente, en sentido vertical y horizontal, con la N en el centro común. Sobran dos A y dos O, que ocuparían los cuadrantes que quedan fuera de los brazos de la cruz y corresponderían a las alfa y omega griegas, representando el principio y el fin. Se trataría de una crux dissimulata, utilizada por los primeros y perseguidos cristianos. Con esta interpretación no están de acuerdo todos los estudiosos. Vaya, menos mal.
Más probablemente, en mi entender, este cuadrado, como tantas otras fórmulas mágicas, sería uno más de los objetos apotropaicos —destinados a prevenir y proteger a los poseedores contra las mil calamidades que nos acechan constantemente—, presentes en rituales y supersticiones de todas las edades y culturas, propuestos para garantizar nuestra salud y bienestar y que no han funcionado demasiado bien nunca. Digo yo, me parece a mí.

6 de noviembre de 2016

Sobre los criptogramas numéricos


Recién nacido este blog, en mi entrada del seis de diciembre de 2013 mencioné el cuadrado o escudo con dieciséis casillas —esculpido en la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia de Barcelona, obra del escultor José María Subirachs—, en las que hay números con una particularidad: sumando las filas, las columnas o las dos diagonales principales, se obtiene siempre la cifra 33. Señalé entonces que en un libro del jesuita alemán del siglo XVII, Atanasio Kircher, ya aparecen estos criptogramas y se afirma que fueron ideados por los “sabios antiguos”, sin mayores precisiones.
En este de la Sagrada Familia los números no son correlativos y dos de ellos se repiten, con objeto de que la suma sea 33, la edad de Cristo. Trabajo quizá innecesario, puesto que nadie sabe con certeza la edad a la que murió Cristo y muchos cristólogos postulan que debió de ser más bien con 36 o incluso 39 años, basándose en datos históricos y astronómicos, relacionados con las reglas por las que se regía la celebración de la Pascua judía. En el cuadrado mágico clásico de dieciséis casillas los números sí son correlativos y la suma de filas, columnas y diagonales es 34, no 33
Así es el que figura en el célebre grabado Melancolía I, de Alberto Durero (ver foto), donde otras combinaciones de casillas también suman 34 (las cuatro centrales, las de las esquinas, etc.); las centrales de la última fila dan el año en que se compuso el grabado: 1514. Este cuadrado 4x4, de dieciséis casillas, es el llamado sello de Júpiter. El de 3x3 es el consagrado a Saturno. Los sucesivos, a partir del 5x5, están dedicados a Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna, como recoge Cornelius Agrippa en De oculta philosophia libri tres, de 1533.
Para concretar lo de los “sabios antiguos” de Kircher, contaré que estos cuadrados mágicos ya se conocían en China desde el tercer milenio a. C. Según la leyenda Lo Shu, el río Lo se desbordó y los pobladores de la zona hicieron ofrendas al dios del río para calmarlo —algo malo habrían hecho—, pero una tortuga que andaba por allí se acercaba a ellas y las rechazaba. Hasta que un niño se dio cuenta de que en su caparazón estaba marcado el sello de nueve casillas, con sus números que suman 15. Se tuvo esto en cuenta y se remansaron las aguas. Mano de santo. Los dioses son caprichosos muchas veces.
Empecé esta entrada porque quería completar lo ya escrito sobre los criptogramas numéricos y hablar de los de letras; lo haré en la próxima. Dan menos juego que los de números y para confirmarlo añado un curioso criptograma de nueve casillas, de números no correlativos. Con las reglas ya conocidas, la suma es 369. Curiosamente, si se suma el número de letras que componen los nombres de dichas cifras en castellano (noventa y tres, son 12 letras, etc.) —están en el cuadrado inferior—, esa suma, con las mismas reglas, es también constante: 48. Esto ya es apotropaico, es pura magia, y tiene que servir para algo: para no morir nunca —qué horrible—, para tener éxito con las mujeres…, no sé. Cuando lo sepa bien, lector, te lo haré saber, que no soy tan egoísta.

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1 de noviembre de 2016

Citas que hacen pensar


Terminaron mis entradas sobre la seducción y ahora, como otras veces, trato de escribir una, corta y sencilla, cosa no tan fácil para mí. Como afirma Horacio en su Ars Poetica, “brevis esse laboro, obscurus fio”: trato de ser breve y resulto oscuro. Quiero compartir con mis lectores citas, algunas recientes, surgidas o evocadas de manera un tanto casual y que tienen una cualidad común, que comentaré enseguida.
Recurrimos a las citas con frecuencia —yo acabo de hacerlo—, en muy diferentes circunstancias. A veces somos capaces de identificar con exactitud el origen, la fuente; otras veces, lo hacemos de manera menos formal, utilizando nexos narrativos como “alguien ha escrito, un amigo mío dice”, etc. Hay muchos libros de citas, en todos los idiomas. Me permitiré recomendar uno, The Oxford Dictionary of Quotations.
He agrupado estas citas, porque son thought-provoking, hacen pensar —en otras se busca la belleza en la expresión, la agudeza, la ironía, etc.— La primera la encuentro en un breve ensayo científico y remite a una obra de Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Allí se cuenta una lúcida conversación entre Marco Polo y Kublai Kan, que resumiré. Marco Polo describe las piedras de un puente: ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?, pregunta Kublai Kan. El puente no está sostenido por esta piedra o aquella, responde Marco, sino por la línea del arco que ellas forman. Kublai Kan permanece silencioso, reflexionando, y añade: ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco. Marco responde: Sin piedras, no hay arco.
Hablé hace poco de un seductor, François Mitterrand. En su obra L’abeille et l’architecte, hay una cita de Karl Marx, cuyo análisis es interesante: L’abeille confond par la structure de ses cellules de cire l’habilité de plus d’un architecte. Mais ce qui distingue dès l’abord le plus mauvais architecte de l’abeille la plus experte, c’est qu’il a construit la cellule dans sa tête avant de la construire dans la ruche. La abeja confunde por la estructura de sus celdas de cera a más de un arquitecto. Pero lo que distingue desde el principio al peor arquitecto de la abeja más experta es que aquel construye la celda en su cabeza antes de construirla en la colmena.
Recogí recientemente una cita de Lope de Vega: “La verdadera fama es ser bueno”, idea con la que ahora, después de una vida ya algo larga, no puedo estar más de acuerdo. Creo, lector, que todo lo demás no importa o importa muy poco. Algo de análogo porte dice don Quijote, por boca de Cervantes —o al revés, que no es fácil decidirse en esto—, con unas palabras muy citadas de siempre: “ningún hombre es más que otro si no ha hecho más que otro”. Años atrás escribí sobre esto: Para mí, ni siquiera cuando un hombre ha hecho más que otro podría decirse, en justicia, que es más que otro. Es muy difícil valorar y justipreciar lo que cada uno de nosotros hace. Además, puestos a matizar o transigir, estaría más dispuesto a suscribir que quizá un hombre es más que otro si es más honrado que otro, si es más justo que otro, si es más bueno que otro. Me acerqué mucho entonces a lo que había sentenciado Lope cuatrocientos años antes.
Una última cita más, muy breve, de la gran actriz Bette Davis, que murió con 81 años: Old age is not for sissies, la vejez no es para blandengues. Y acabo esta entrada, para no alargarme y cumplir mi propósito. Téngase en cuenta que parte de lo escrito es traducción. Si no traduzco, una parte de mis lectores podría perderse. Y, por supuesto, no elucubro nada sobre el contenido de las citas. Esa sensación de que son máximas que invitan a pensar, que ‘tienen su miga’, espero que surja entre quienes me leen, sin necesidad de ninguna explicación o exégesis mía. Si no es así, hemos perdido el tiempo, ellos y yo. No creo que suceda; en cualquier caso, tenía que intentarlo.

26 de octubre de 2016

La seducción y sus imperfecciones


Quería terminar ya las entradas dedicadas a la seducción, sus encantos y sus peligros; tengo demasiada tarea en el telar y hay que aliviar. Algo me ha hecho desviarme de mi propósito: hoy, veintiséis de octubre, hace cien años, nació en Jarnac, en la Charente francesa, François Mitterrand, otro gran seductor. También acaban de publicarse (Gallimard, Lettres à Anne) las cartas que escribió a Anne Pingeot, la más asidua de sus amantes, con la que tuvo una hija, Mazarine,
La seducción es un fenómeno transversal; se da entre individuos de cualquier edad, sexo y condición. Cuando cristaliza entre personas de distinto sexo, en situación de libertad —también sin libertad alguna, según los criterios más estrictos— conduce muy directamente al amor. Por eso en mis entradas anteriores hablé de esa ‘patología’ del alma, el amor. Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe. Esto ocurrió entre Mitterrand, diputado entonces por Nièvre, y una mujer mucho más joven, una muchacha, Anne Pingeot. Fue en 1962, él tenía 46 años, ella 19, una fruslería para estos  asuntos.
Mitterrand, casado desde 1944 con Danielle Gouze —él tenía veintiocho años, ella veinte—, se reservaba una amplia libertad sentimental y sexual. Danielle sufrió atrozmente de justificados celos hasta 1958 cuando, de repente, como a veces ocurren estas cosas, debió de entender que el juego galante no era un patrimonio exclusivamente masculino y entabló una relación duradera con un profesor de gimnasia doce años más joven. Fue antes de que su marido encontrara a Anne, pero ya con otras amantes. Mitterrand era inteligente, culto y atrevido, una mala combinación en un hombre y también en una mujer. Se contaba en Francia que una de las maneras de ‘ligar’ del brillante político, ya una figura pública, consistía en pasear distraídamente por la calle leyendo un periódico, pero muy atento a las viandantes, a ciertas viandantes. Tropezaba con ellas y algunas le conocían: Oh, Monsieur Mitterrand, vous vous promenez assez follement avec ce journal-là. Mais, en fin, je m’excuse de vous avoir interrompu. Puis-je faire quelque chose pour vous? Él sabía cómo responder a esa pregunta, ese es siempre el secreto. Aunque puede que tales historias nunca fueran verdad.
Estos juegos de seducción aparecen como un cuento feliz, un delicioso vals interminable. Ya mostré los peligros. No soy en un mojigato, pero creo que en estas componendas late muchas veces el desencanto y el puro sufrimiento. En las Cartas a Anne hay referencias a la tristeza de ella, que se sentía sola, desamparada, engañada. En la relación, su única exigencia rotunda, al llegar a los treinta años, fue tener un hijo; se lo planteó a Mitterrand, amenazándole con romper, y este accedió. En 1974 nació una niña, Mazarine. “Fue el único regalo que me hizo”, dijo una vez Anne.
Esta hija, profesora de Filosofía y escritora, cuenta detalles de la madre seducida y de la vida de ambas, en dos novelas autobiográficas, Bouche cousue (Boca cosida) y Bon petit soldat (Buen soldadito): “Mi madre y yo vivíamos aisladas del mundo, en un siniestro apartamento oficial, un lugar protegido, neutro, un refugio que era también una prisión, con la presencia permanente de gendarmes”. Mazarine Pingeot se unió al productor de cine Mohamed Ulad-Mohand, con el que tuvo tres hijos y del que se separó en 2013. Se unió después al diplomático francés Didier Le Bret.
Como Lope de Vega, Mitterrand tuvo algún tiempo dos hogares, lo que puede considerarse un tormento extremadamente refinado. El matrimonio con Danielle se mantuvo y los dos hijos del mismo lo toleraron bien: “Mi padre siempre vivió con nosotros en la calle Bièvre, tenía su habitación, venía a cenar todos los domingos, le veíamos regularmente. Nunca, ni mi hermano ni yo, tuvimos la sensación de que existieran problemas entre nuestros padres”, comentó en una ocasión el primogénito, Jean-Christophe. El amante de Danielle vivía también en el domicilio familiar, en la Rue de Bièvre. Era muy querido por los hijos a los que llevaba a nadar y montar a caballo y se llevaba bien con François Mitterrand, con quien solía desayunar. Un poco complicado todo, ¿no? Claro que todo se puede perdonar en el amor, pensarán algunos. El amor nos enloquece, estamos indefensos frente a él. Una indefensión relativa, añado yo. Mientras Anne Pingeot estaba embarazada de Mazarine, Mitterrand tuvo un romance con una periodista francesa. Todo esto recuerda la figura de otro político francés rigurosamente contemporáneo, ¿verdad? Es siempre el amor.